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Corrupción en perspectiva

Corrupción en perspectiva

Corrupción en perspectiva

La corrupción merece condena en Honduras y en cualquier parte del mundo. Pero no debemos culpar a las instituciones políticas, porque estas no delinquen.

A lo largo de los últimos 30 años se ha intensificado la voluntad de destruir los partidos políticos, en particular los institucionales, en favor de los partidos episódicos o de una sola elección; pero las instituciones políticas nada tienen que ver con los actos delictivos en que incurren algunos de sus miembros.

La Maccih es una noble modalidad de cooperación, si cumple su función con respeto de la soberanía y de las instituciones del Estado protegidas por la primacía constitucional y dentro de los términos del convenio.

Hoy repito lo ya expresado: hay que mantener la Maccih como una instancia de cooperación, pero depurarla de los vicios de nulidad que la caracterizan en varias de sus disposiciones y actuaciones. Así lo ha afirmado la Sala de lo Constitucional en su sentencia del 29 de mayo de 2018.

Recordemos que los partidos políticos y quienes los conducen no son ángeles ni demonios. Lo mismo ocurre con otras entidades e instituciones, nacionales e internacionales. ¡Claro¡ Hay que despojarlos de los demonios, pero sin destruir los partidos en el camino.

El problema de la corrupción es flagelo global, mucho más amplio que Centroamérica y las organizaciones internacionales en que participamos. Si recorremos la mirada en el continente americano, incluyendo la América insular, comprobaremos que no parece que haya país cuyos gobernantes no hayan sido salpicados por la corrupción de una poderosa empresa que actualmente construye el puerto del Mariel.

Haríamos bien en recordar que la OEA nos mandó un vocero de la Maccih que fue ministro de un expresidente, hoy encausado por corrupción, pero no se sabe que le hayan asegurado la sede de su partido. Al final, el vocero terminó denunciando corrupción y actos de discriminación en la misma Maccih.

También recordemos que la OEA nos asignó como observador de las elecciones generales a un expresidente que hoy está encausado en su país por corrupción, pero no se tienen noticias que su sede partidaria haya sido asegurada.

Por otro lado, en Brasil un expresidente está condenado a 12 años de cárcel por corrupción, y sin embargo, la sede de su partido, el Partido de los Trabajadores, no ha sido asegurada.

Si nos desplazamos un poco más al sur (Argentina), nos encontramos con el escándalo de los cuadernos de los sobornos al más alto nivel, estimados en 13 mil millones de dólares. Tampoco allí se ha asegurado la sede partidaria de la encausada. Lo mismo se puede decir de otros casos en El Salvador, Guatemala, Nicaragua, Costa Rica y Panamá.

¿Entonces? ¿Será que Honduras está innovando en el derecho penal e introduciendo la figura que las sedes de los partidos delinquen? ¿Qué pasó con el aforismo “nullum crimen sine lege, nulla poena sine lege”?

La práctica de cerrar partidos, medios de comunicación y empresas es de los regímenes totalitarios. Pero Honduras es una democracia, con virtudes y pecados, pero al fin… una democracia.

Vemos que la corrupción no es monopolio de Centroamérica. Se da a escala continental y mundial.

Y si contemplamos el fenómeno más dramático de delito contra el pueblo y la destrucción de una economía antes floreciente, Venezuela, que según informes captó 800 mil millones de dólares durante la bonanza petrolera de este siglo, al menos podemos decir: gracias a Dios que hasta ahora no hemos descubierto petróleo en cantidades explotables.

Porque el petróleo es una bendición cuando se explota con transparencia, para beneficio del pueblo y respeto de la naturaleza.

Pero es una maldición cuando no se respeta ninguno de esos criterios y sus beneficios se esfuman en la corrupción y, además, destruyen el país. El Fondo Monetario Internacional pronostica para Venezuela una inflación de un millón por ciento para fines del 2018.

Venezuela es hoy en América como lo que fue Israel de los tiempos bíblicos. Nada más que en Venezuela se destruyó el Templo de Salomón (la democracia y la empresa petrolera) sin sufrir la ocupación del ejército romano, y su pueblo hoy conoce la dureza de la diáspora por todo el continente.

¡Restituyan a los partidos sus sedes partidarias¡ No existe fundamento jurídico ni moral para asegurarlas.

Por Carlos López Contreras
Ex Canciller de la República

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