InicioOpiniónDecepcionado de los «Cristianos Modernos»: Mario E. Fumero

Decepcionado de los «Cristianos Modernos»: Mario E. Fumero

Decepcionado de los "Cristianos Modernos": Mario E. Fumero

Decepcionado de los «Cristianos Modernos»: Mario E. Fumero

Cada día que pasa amo más a mi Señor Jesucristo, pero a la vez, me siento decepcionado de los cristianos modernos. Cuando leo las Sagradas Escrituras y comparar el quehacer de los seguidores de Jesús en el libro de los Hechos, y veo la diferencia a la realidad de la iglesia actual, de sus ministros, me siento completamente frustrado y decepcionado.

¿Decepcionado de qué? De ver el desconocimiento que tienen los líderes religiosos de los conceptos fundamentales del evangelio, los cuales puedo resumir en tres principios básico; SEÑORÍO, SIERVOS Y MAYORDOMOS.

I- CUANDO HABLAMOS DEL SEÑORÍO DE CRISTO: este término indica su soberanía sobre nuestras vidas, de forma tal que no vivimos para nosotros, sino para el Señor, y esto representa ser servidor de todos, y hacerme pequeño para que él se pueda hacer grande.

Da vergüenza y hasta cólera, escuchar desde los pulpitos a pastores usurpar el papel del Señorío, para ordenarle al Señor que haga lo que ellos quieren, manifestando de esta forma una soberbia espiritual inadmisible en el cristiano. Escuchamos cada rato, expresiones tales como; “yo te mando”, “yo te ordenó”, “yo declaró”, “yo decreto” etc.

Convirtiéndose en Señores para ser que Cristo sea su servidor y complazca sus caprichos. Esta actitud desde una perspectiva teológica es un atentado a la soberanía de Dios, y coloca a los que tales cosas hacen, en blasfemos e irreverentes delante del Soberano.

Mientras nosotros tratamos de imponerle a Dios nuestros caprichos con oraciones impositiva, en la iglesia primitiva los cristianos obraban temerosamente cuando le lloraban a su Señor, y jamás se atrevieron a ordenarle o exigirle al todopoderoso cosa alguna.

Tenemos el ejemplo de la oración de los cristianos en Hechos 4:29 “Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra”. Noten como se dirigieron a Dios, y lo que le pidieron, y bajo qué concepto clamaron a él, declarando que era “siervos” y no señores.

Piense por un momento, y ubiquémoslo en la historia de los reyes de Israel, ¿qué hubiera pasado si algún subalterno del reino fuera delante del rey a exigirle o demandarle algo? Es común que los súbditos de un reino al ir delante de su rey lo hagan con reverencia, inclinándose a sus pies, dispuestos a obedecerle más que a ordenarle.

II- CUANDO HABLAMOS DE SIERVO: Un siervo es una persona que es comprada para servir, y es sinónimo de “esclavo”, y, por lo tanto, se debe absolutamente a su dueño. Al decir que somos siervos de Jesucristo, estamos afirmando que todo lo que soy, tengo o poseo le pertenece a él. Si aplico el sentido histórico de la época de Jesús no soy el dueño de nada, ni siguiera de mi vida.

Jesús uso este término para enseñarle a sus discípulos que el siervo no es dueño de su tiempo, que después que cumpla todo lo que su Señor le ordene, recibe el título de “siervos inútiles”, porque eso es lo que debían de hacer. En Lucas 17: 7-10 se explica claramente los deberes del siervo, y este concepto, analizado desde una perspectiva del Señorío y del reino establece que:

1- El siervo no es un empleado asalariado, sino un servidor y esclavo, y no debe pensar en derechos, sino en deberes (Juan 10:12-13). Es triste ver como los llamados siervos actúan con mente de asalariado, colocando sus derechos sobre el deber y llamado.

2- El siervo no tiene horario de trabajo, aun cuando llegue a su casa a vivir su vida privada, sigue siendo siervo, y debe estar dispuesto a hacer todo lo que su Señor le manda en su hogar, y con su esposa e hijo, pues además de padre y esposo, sigue siendo un siervo y siempre va una milla más de lo que le piden (Mateo 5:41).

3- El siervo no busca reconocimiento ni títulos, ni tampoco los primeros puestos, simplemente cumple su deber sin esperar nada a cambio, sabiendo que el Señor le pagara según sus obras (Mateo 23:6).

4- El siervo está dispuesto a hacer aún lo más humillante (Juan 13:5), porque el siervo no es mayor que su Señor (Lucas 22:27), debe ser apto para toda buena obra (2 Timoteo 6:18), porque tan importantes es predicar desde un púlpito, que lavarle los pies al mendigo, o limpiar los sanitarios de la iglesia.

5- El siervo depone sus derechos para cumplir sus deberes, y no reclama privilegios, aunque se les concedan. Su característica más singular es no buscar protagonismo, y está dispuesto a padecer como buen soldado de Jesucristo (2 Timoteo:2-3).

III- CUANDO HABLAMOS DE MAYORDOMO: Nos referimos a alguien al cual se le ha encomendado una misión o empresa de la cual él no es el dueño. Esto establecen dos principios básicos: El primero es que todo lo que tengo, aún mi tiempo y mis bienes, no son de mío, sino del Señor que me llamo y el cual es mi amo, y me puso como guardián responsable de una mayordomía (ministerio o administración), que tendré que cuidar. Lo segundo; Como administrador deberé proteger aquello que se me encomendó, consciente de que tendré que responder cuando mi Señor me pida cuenta, (Lucas 16:2-7).

Este concepto de mayordomía va más allá del hecho de “dar”, y debo entender que como mayordomo se me ha encomendado una responsabilidad sobre bienes y personas, y no me debo sentir dueño ello, y cuidarlo como demanda el jefe, siguiendo sus órdenes, y ser fiel en lo poco, para que el Señor me de lo mucho (Mateo 25:23).

Lo que más arruinada la mayordomía en muchos líderes es el ser presa de la ambición y sentir que aquello que Dios me ha puesto para hacer o tener, lo puedo usar como me dé la gana, incluso, y lo que es peor aún, abusar de la autoridad que se me concede como mayordomo para ejercer “la tiranía de los Santos” y sentirme el dueño de la obra.

El abuso material y de las personas de los mayordomos (o ministros) es un serio problema que afecta la credibilidad de la iglesia, porque se han levantado muchos ministerios que se enseñorea de los siervos, ignorando que ellos mismo también son siervos, y que deben respetar y actual con los que están bajo su cobertura de la misma forma que el amo o Señor actuar con ellos.

Cundo estos conceptos se pierden, la iglesia deja de ser un “reino” gobernado por su Señor Jesús para convertirse en una empresa, negocio o multinacional con apariencia religiosa, pero con fines mercantiles explota la fe (2 Pedro 2:3) y nos lleva a la triste realidad de la Edad Media, en donde los catolicismos vendían indulgencias, bulas y supuestas osamentas de los mártires. Hoy muchos venden falacias tales como dejar de sufrir, hacerse rico y obtener por medio de la súper fe, un poder sobrenatural (2 Corintios 4:2).

Hoy ya no salen misioneros dispuestos a sufrir, a menos de les den un buen salario, prestaciones y beneficios. Nadie quiere padecer por servir, al contrario, reclaman los mismos derechos que los empleados del mundo, en donde no existe el amor y la entrega, sino el interés y el bienestar propio, por eso, hemos caído en descredito y burla, pues hemos mercantilizado el ministerio, y ofrecemos palabras vendidas (Proverbios 23:23) que no confrontan, sino entretienen a los oyentes.

Se ha cumplido aquella profecía de Charles Spurgeon cuando dijo que “llegara un día en que en lugar de pastores alimentando ovejas, habrá payasos entreteniendo cabras”, y esto es una triste realidad en nuestros tiempos.

Compartir con: